Blanco, gris, dolor

2016-05-13_16-16-50

Naia no pudo evitar que un gemido de dolor se escapara de sus labios. La caída a través del agujero la había dejado aturdida, y cuando por fin empezó a espabilar, su cabeza martilleaba con fuerza. Se incorporó despacio, y aun así, una oleada de náusea la sacudió. Su pierna derecha ardía, magullada, su espalda se sentía como si tuviese cientos de puñales clavados y su vista tardaba en enfocar. Pero a pesar del pésimo estado de su cuerpo, lo peor era la mano. Con cierta dificultad, se quitó el guante que la cubría y, sujetándose la muñeca con fuerza, contempló cómo la marca, el áncora, quemaba, crepitaba, restallaba. La brillante luz que emitía hería sus ojos. Ese dolor era difícil de soportar.

Miró a su alrededor, intentando ubicarse. No sabía dónde estaba, casi no sabía ni qué hacer, pues sus pensamientos eran lentos como una persona que intenta correr en sueños. Indecisa, comenzó a caminar, despacio, siguiendo el único camino disponible. Esperaba que le llevase a una salida, y que no estuviera muy lejos. Suspiró pesadamente.

Su cuerpo se sentía pesado, pero una vez iniciada la marcha, concentrarse en poner un pie delante de otro se convertía en algo automático. Tras un buen rato recorriendo de mala manera ese túnel, sin más luz que la de su mano, accedió a una sala. Conmocionada, no fue capaz de percibir el peligro que la aguardaba: una grieta que conectaba con el mundo más allá del Velo. Una fractura que, en cuanto se acercó, arrojó dos sombras. Naia se encontró indefensa, sin fuerzas casi para mantenerse en pie sin ayuda de las paredes del túnel, sin ningún arma que blandir, ni nada que utilizar como escudo. Cuando el primero de los demonios se abalanzó sobre ella, sólo pudo cubrirse la cara con las manos, aun sabiendo que moriría igualmente. Nada la había preparado para contemplar cómo el áncora, que no había dejado de palpitar en ningún momento, reaccionaba en respuesta a su desesperación abriendo una pequeña grieta y tragándose los seres que la amenazaban.

Miró la marca de su mano, con incredulidad. Seguía ardiendo furiosamente, pero no era capaz de entender lo que había pasado. Su cerebro no tenía ganas, ni fuerzas, de pensar en ello. Lo único que quedaba era la idea de encontrar a la Inquisición así que, respiro profundamente para intentar tranquilizar su desbocado corazón, y se puso en marcha de nuevo. Necesitaba saber dónde se encontraba, si podría encontrar al resto de la Inquisición. Era su única oportunidad para sobrevivir.

Cuando salió del túnel, la recibió un paisaje en grises y blancos. Se encontraba en las montañas, lejos de cualquier signo de civilización. Todo lo que podía ver era nieve y piedra, copos que se estrellaban contra su cara por la fuerte ventisca. El aire había borrado cualquier rastro que sus compañeros hubieran dejado y la única indicación que tenía eran los restos de una hoguera. Se abrazó el cuerpo con los brazos, estremeciéndose bajo su armadura destrozada, y comenzó a caminar. Si antes le había resultado difícil por el dolor general de su cuerpo, ahora avanzaba incluso más despacio por culpa de la profundidad de la nieve y el viento helado que la zarandeaba. Pero siguió dando un paso tras otro, sin detenerse a pensar. La idea de encontrar a la Inquisición se había quedado clavada en su subconsciente, y era lo único que guiaba sus pasos, que se habían convertido en un movimiento mecánico.

El tiempo se desdibujó. No sabía si habían pasado horas, días, o sólo minutos. Su mente fue capaz de registrar el alivio que sintió cuando paró la ventisca, y las dos hogueras que había encontrado, apagadas y con los rescoldos helados. El paisaje había ido cambiando: había pasado de descender a atravesar una arboleda y, después, a tener que subir una pequeña cuesta. Ante sus ojos había un pequeño embudo formado por la cercanía de dos montañas, pero en lugar de acercarse con cada paso, parecía que se alejaba cada vez más. Sacudió la cabeza, intentando librarse de la ilusión, pero sólo consiguió que el dolor que martilleaba detrás de sus ojos se acentuase. Sus fuerzas se estaban agotando, su cuerpo sólo se movía por inercia, aun cuando cada paso era una agonía helada. La cortina de agotamiento que embotaba sus sentidos casi consiguió que no viera los restos de otra hoguera. Naia suspiró, se quitó el guante de su mano derecha y la aproximó a las brasas apagadas, imaginando el mismo resultado que con las anteriores. Sin embargo, el asomo de calor que aún podía sentirse en la superficie indicaba que iba en el camino correcto, e hizo que recuperase la esperanza.

Sacando fuerzas de flaqueza, ignorando las protestas de su cuerpo exhausto, reanudó la marcha a través de la nieve. Quizá, aquello que se veía a lo lejos no eran sólo alucinaciones, quizá pronto podría descansar. “Sólo un poco más”, pensó Naia. Pero cada vez quedaban menos esfuerzas de donde tirar, cada paso costaba más que levantar una espada en los primeros días de entrenamiento, que intentar mover una montaña.

–¡Ahí está! –una familiar voz de mujer resonó entre las montañas

–Gracias al Hacedor

El alivio que reflejaba aquella voz, su suavidad, calaron en ella. Y sus fuerzas la abandonaron.

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