Ojalá pudiera sentir rencor.

Dicen que el rencor es un defecto, que aquellos que se nutren de él no son felices, que se regodean en lo malo que les han hecho los demás y no entienden la virtud de perdonar. Dicen que el perdón es algo positivo, un rasgo de nuestra personalidad que nos enriquece, nos hace compasivos, nos ayuda a empatizar con los demás y, en definitiva, nos hace mejores personas.

Ojalá pudiera sentir rencor.

Pasar un día sin pensar en esa gente que un día me hizo daño, sin desear volver a hablar con ellos. ¿Qué bien puede hacer una persona que prefirió manipularte y después olvidarte? ¿Qué bien puede hacer alguien que te utilizó y puso la opinión de otros por delante de una amistad? Ojalá pudiera sentir rencor para que las miradas nostálgicas al pasado desaparezcan, para que no hablar con esa gente sea una reacción visceral y no una decisión consciente tomada un día tras otro, por mi propia salud y mi bienestar psicológico. Que esos enfados que tanto me caracterizan, por una vez, no ardan con la efímera llama de una vela, sino con la fuerza de un bosque incendiado. Que se consuman los buenos sentimientos y quede solo la rabia nacida de la traición y alimentada por la tristeza.

Ojalá pudiera sentir rencor.

Pero no puedo.

Y por eso al final siempre vuelvo. Vuelvo a caer en los mismos engaños, en las mismas trampas. Vuelvo a tropezar con la misma piedra que la compasión de alguien que solo sabe perdonar ha dejado colocada en medio del camino. Vuelvo a buscar al otro, a aquel que no dedicó ni una pizca de su empatía a valorar sentimientos ajenos. Vuelvo, como si el arrepentimiento fuese cosa mía, como si, aun habiendo sido herida, mi reacción hubiese sido desproporcionada. Vuelvo a buscar esa conexión previa a la caída.

Pero no, no puede ser. Aunque quiera.

Cuando somos niños nos dicen que debemos perdona, ser compasivos, comprender al otro y no guardar rencor. Pero no nos avisan del dolor, del aguijonazo que atraviesa el alma cuando alguien traiciona tu confianza, del rictus de la cara cuando te esfuerzas en comprender por qué debes perdonar y olvidar el daño causado, cuando lo que tu alma pide a gritos cultivar ese rencor que te ayuda a alejarte de ellos. Ese que no te deja olvidar por qué te dolió tanto. Hasta que un día el perdón es algo inherente en ti y el rencor no tiene suficiente oxígeno como para que una chispa de ira lo prenda. Y no puedes alejarte de esa gente. Y duele.

Ojalá pudiera sentir rencor.

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