Vagones

Viajar en metro es cruzarse con cientos de personas en cada trayecto. Gente que a veces no tiene rostro, que solo ocupan un espacio en tu entorno y que suben y bajan del vagón en el que estás sin que te dé tiempo a ser consciente de su existencia. Pero otras veces cada individuo cobra un brillo especial ante tus ojos y eres capaz de ver (o imaginar) cómo el trayecto es un experiencia diferente para cada uno. Cada vagón alberga cientos de historias en su interior, miradas veladas por recuerdos, resoplidos impacientes, mentes activas frente a la pantalla del móvil o, simplemente, reposando hasta el siguiente transbordo. Contemplar el bullicio bajo tierra, como si la ciudad fuera una colonia de hormigas, despierta esa sensación de ser una pequeña mota dentro de un universo lleno de vidas paralelas. Intrascendente.

Mis viajes en metro están plagados de pensamientos peregrinos, pero a veces no puedo evitar pensar en su capacidad para conectar personas, aunque sea de manera lejana. No hablemos de probabilidades. No hablemos de números. Cientos o miles de personas se mueven cada día por la ciudad y en esos caminos que se cruzan, a veces, conectan a personas que se conocen entre sí. Es curioso pensar en cómo los minutos que has tardado en salir de casa, la velocidad de los pasos que has dado hasta llegar a la estación, el rodeo o el camino directo, las escaleras mecánicas o el deseo de estar activo, cómo cada pequeña decisión inconsciente te ha llevado a coger ese tren en el que, aunque no lo sepas, aunque estéis en distintas puntas de él, está ocupado también por alguien que conoces.

Últimamente no paro de preguntarme si a la vuelta de la esquina me cruzaré con alguien de mi pasado, de esas personas con las que perdiste el contacto y a día de hoy no sabes si sería lo mejor intentar retomarlo. De esas que echas de menos, aunque solo sea por la idea de la importancia que tuvieron un día y no por el verdadero valor que aportaron en tu vida. De esas que son una espina clavada en el recuerdo y que, aunque intentas no pensar en ellas, el aguijonazo te atraviesa cuando menos te lo esperas.

A veces me pregunto si en uno de esos vagones me habré cruzado ya con ellas, sin darme cuenta, sin saberlo, separados por cientos de personas y metros de vagones. Como en esas películas nostálgicas que muestran cómo dos personas que un día fueron el mundo para la otra, años después, han seguido adelante con su vida aun sabiendo que un reencuentro podría unirlas como nunca. Pero eso son películas y yo me arreglo todos los días pensando en cruzarme con esas personas. Las probabilidades están en mi contra.

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