Monstruos

Siento que unas sombras me siguen. No hace falta mirarlas, no hace falta que oscurezcan la luz del sol para ser consciente de su presencia, casi visibles por el rabillo del ojo. Su aura siempre está ahí, a la espera de dar un traspiés para ganarte terreno, de un titubeo para empezar a inocular su oscuridad en ti, como zarcillos que penetran por los poros de la piel.

En el fondo, sé que no necesito preguntarme por qué. Los monstruos que en la noche rodean mi cama han nacido de mi propia desesperación. Cada inseguridad que se adhiere a mi mente, cada tarde indolente esperando que pasen las horas, cada miedo que prende con la chispa más tenue, culminan en una nueva criatura que hace que mi andar sea una lucha por dar cada paso. Es en los días más brillantes cuando más siento su presencia, alimentados por una luz que alarga sus sombras y que, cuando desaparezca, hará que cubran por completo mi mundo.

Cada día es una lucha interna, constante, siniestra, por no dejarme arrastrar por esos monstruos que tanto susurran mi nombre. Voces cuyo timbre atractivo invita a no pensar en nada más, a dejar que el agotamiento de la resistencia conquiste por fin mi alma mutilada y abandone esta lucha que tan inútil parece a veces. ¿Cuál es el sentido de luchar si siempre estás al borde del abismo?

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